Hubo un tiempo en el que todo era bueno; un tiempo feliz en el que nuestros dioses velaban por nosotros; no había enfermedad entonces, no había pecado entonces, no había dolores de huesos, no había fiebres, no había viruela, no había ardor de pecho, no había enflaquecimiento; sanos vivíamos. Nuestros cuerpos estaban entonces rectamente erguidos... pero ese tiempo acabó desde que ellos llegaron con su odio pestilente y su nuevo dios y sus horrorosos perros cazadores, sus sanguinarios perros de guerra de ojos extrañamente amarillos, sus perros asesinos.
Bajaron de sus barcos de hierro, sus cuerpos envueltos por todas partes y sus caras blancas y el cabello amarillo y la ambición y el engaño y la traición y nuestro dolor de siglos reflejado en sus ojos inquietos nada quedó en pie, todo lo arrasaron, lo quemaron, lo aplastaron, lo torturaron, lo mataron. Cincuenta y seis millones de hermanos indios esperan desde su oscura muerte, desde su espantoso genocidio, que la pequeña luz que aún arde como ejemplo de lo que fueron algunas de las grandes culturas del mundo, se propague y arda en una llama enorme y alumbre por fin nuestra verdadera identidad, y de ser así que se sepa la verdad, la terrible verdad de cómo mataron y esclavizaron a un continente entero para saquear la plata y el oro y la tierra. De cómo nos quitaron hasta las lenguas, el idioma y cambiaron nuestros dioses atemorizándonos con horribles castigos, como si pudiera haber castigo mayor que el de haberlos confundido con nuestros propios dioses y dejado que entraran en nuestra casa y templos y valles y montañas.
PARTE 1
PARTE 2
No había descanso para nuestro dolor, no solo moríamos a manos de los conquistadores sino que a nuestras angustias vinieron a sumarse las enfermedades. Las pestes como la gripe y la viruela, desconocidas hasta entonces en nuestra tierra, cayeron sobre nosotros y la muerte no tuvo piedad.
Fueron 140 años de luchas desde que supimos de la muerte de Atahualpa y sufrimos así mismo las torturas y mutilaciones con que nos castigaban los españoles.
Nos habían prometido la protección nada menos que de dios y nos daban en realidad la tragedia y la persecución más atroz.
Así íbamos desapareciendo de la faz del continente, lentamente nuestros líderes fueron asesinados y la indianidad esclavizada en las minas de oro y plata que eran descubiertas y vaciadas impunemente, con el esfuerzo y el dolor de nuestros hermanos.
Solamente en Potosí murieron ocho millones de indios por la ambición europea, ocho millones de muertes es demasiado dolor como para olvidar que fueron causadas solamente por una insaciable sed de poder y riqueza.
Cinco siglos de destrucción sistemática y de obliteración cultural han contribuido a la desaparición de tumbas, centros religiosos, poblados y también a la extinción de las artes. No hay excusa para quienes pudieron desde sus lugares tratar de frenar ese proceso de involución cultural; no hay excusa porque vastas generaciones hemos crecido en la equivocada creencia que nuestros indios eran seres bárbaros y sin inteligencia alguna.
Pero la verdad aflora siempre y allí está para reafirmar su alto valor estético algunas muestras del arte cerámico, de la escultura en piedra y los tejidos precolombinos que desde el silencio nos golpean con su callada y misteriosa belleza.
Qué hubiéramos sido, si hubiéramos podido ser en toda nuestra plenitud?
Podemos todavía, sin embargo, tratar de reconstruir desde las tinieblas la historia de los pueblos de los que ni siquiera sus huesos han sido respetados.
Bajaron de sus barcos de hierro, sus cuerpos envueltos por todas partes y sus caras blancas y el cabello amarillo y la ambición y el engaño y la traición y nuestro dolor de siglos reflejado en sus ojos inquietos nada quedó en pie, todo lo arrasaron, lo quemaron, lo aplastaron, lo torturaron, lo mataron. Cincuenta y seis millones de hermanos indios esperan desde su oscura muerte, desde su espantoso genocidio, que la pequeña luz que aún arde como ejemplo de lo que fueron algunas de las grandes culturas del mundo, se propague y arda en una llama enorme y alumbre por fin nuestra verdadera identidad, y de ser así que se sepa la verdad, la terrible verdad de cómo mataron y esclavizaron a un continente entero para saquear la plata y el oro y la tierra. De cómo nos quitaron hasta las lenguas, el idioma y cambiaron nuestros dioses atemorizándonos con horribles castigos, como si pudiera haber castigo mayor que el de haberlos confundido con nuestros propios dioses y dejado que entraran en nuestra casa y templos y valles y montañas.
PARTE 1
PARTE 2
No había descanso para nuestro dolor, no solo moríamos a manos de los conquistadores sino que a nuestras angustias vinieron a sumarse las enfermedades. Las pestes como la gripe y la viruela, desconocidas hasta entonces en nuestra tierra, cayeron sobre nosotros y la muerte no tuvo piedad.
Fueron 140 años de luchas desde que supimos de la muerte de Atahualpa y sufrimos así mismo las torturas y mutilaciones con que nos castigaban los españoles.
Nos habían prometido la protección nada menos que de dios y nos daban en realidad la tragedia y la persecución más atroz.
Así íbamos desapareciendo de la faz del continente, lentamente nuestros líderes fueron asesinados y la indianidad esclavizada en las minas de oro y plata que eran descubiertas y vaciadas impunemente, con el esfuerzo y el dolor de nuestros hermanos.
Solamente en Potosí murieron ocho millones de indios por la ambición europea, ocho millones de muertes es demasiado dolor como para olvidar que fueron causadas solamente por una insaciable sed de poder y riqueza.
Cinco siglos de destrucción sistemática y de obliteración cultural han contribuido a la desaparición de tumbas, centros religiosos, poblados y también a la extinción de las artes. No hay excusa para quienes pudieron desde sus lugares tratar de frenar ese proceso de involución cultural; no hay excusa porque vastas generaciones hemos crecido en la equivocada creencia que nuestros indios eran seres bárbaros y sin inteligencia alguna.
Pero la verdad aflora siempre y allí está para reafirmar su alto valor estético algunas muestras del arte cerámico, de la escultura en piedra y los tejidos precolombinos que desde el silencio nos golpean con su callada y misteriosa belleza.
Qué hubiéramos sido, si hubiéramos podido ser en toda nuestra plenitud?
Podemos todavía, sin embargo, tratar de reconstruir desde las tinieblas la historia de los pueblos de los que ni siquiera sus huesos han sido respetados.
"ENCUENTRO EN CAJAMARCA"
Víctor Heredia [Taki Ongoy]
CREO EN MIS DIOSES, CREO EN MIS HUACAS,
CREO EN LA VIDA Y EN LA BONDAD DE VIRACOCHA,
CREO EN INTI Y PACHACAMAC.
COMO MI CHARQUI, TOMO MI CHICHA,
TENGO MI COYA, MI CUMBI,
LLORO MIS MALLQUIS, HAGO MI CHUÑO
Y EN ESTA PACHA QUIERO VIVIR.
TU ME PRESENTAS RUNA VALVERDE,
JUNTO A PIZARRO UN NUEVO DIOS,
ME DAS UN LIBRO QUE LLAMAS BIBLIA,
CON EL QUE DICES HABLA TU DIOS.
NADA SE ESCUCHA POR MÁS QUE INTENTO,
TU DIOS NO ME HABLA, QUIERE CALLAR,
POR QUE ME MATAS SI NO COMPRENDO
TU LIBRO NO HABLA, NO QUIERE HABLAR.
Víctor Heredia [Taki Ongoy]
CREO EN MIS DIOSES, CREO EN MIS HUACAS,
CREO EN LA VIDA Y EN LA BONDAD DE VIRACOCHA,
CREO EN INTI Y PACHACAMAC.
COMO MI CHARQUI, TOMO MI CHICHA,
TENGO MI COYA, MI CUMBI,
LLORO MIS MALLQUIS, HAGO MI CHUÑO
Y EN ESTA PACHA QUIERO VIVIR.
TU ME PRESENTAS RUNA VALVERDE,
JUNTO A PIZARRO UN NUEVO DIOS,
ME DAS UN LIBRO QUE LLAMAS BIBLIA,
CON EL QUE DICES HABLA TU DIOS.
NADA SE ESCUCHA POR MÁS QUE INTENTO,
TU DIOS NO ME HABLA, QUIERE CALLAR,
POR QUE ME MATAS SI NO COMPRENDO
TU LIBRO NO HABLA, NO QUIERE HABLAR.
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